..Santoral .....Artículos.......Textos...INDEX..

¿La resurrección de Jesús es lo más importante?

La resurrección de Jesús es lo más importante como testimonio para nosotros, para confirmarnos en la fe y en la alegría.

Pero en sí lo más importante es que Jesús es Dios y murió en la cruz por nosotros y así nos salvó. Para nosotros, pecadores y hombres de poca fe, la resurrección de Jesús desmiente la apariencia de que, al haber muerto a manos de sus enemigos, no es el Mesías, no es el Hijo de Dios, no es Dios; como pareció evidenciarse ya en el momento de su muerte en el Calvario para todos sus enemigos y para casi todos sus seguidores, con la pequeña excepción de los que, inmersos en un amor ardiente, estaban abrumados por el dolor aplastante. Cuando los seguidores de Jesús evidenciaron que Él había resucitado, entonces creyeron que sí era verdad que era Dios. Y que su muerte fue consentida y ofrecida por Él para salvarnos. Fue su resurreción lo que a ellos y a nosotros nos dio a comprender el sentido y el significado de su muerte. El significado que su muerte tenía ya en sí mismo. Es la sangre de Cristo lo que nos salva, nos redime y nos abre las puertas del cielo. Y es la sangre de Cristo lo que causa nuestra fe en Jesús y en su resurrección; es Jesús con su muerte el que nos da la fe en su resurrección y todas las gracias.

La muerte de Jesús por nosotros es la expresión de su amor por nosotros. Un amor con locura. Como es el amor verdadero. Y es la expresión y la prueba máxima del inconcebible amor de Dios Padre al entregar a su Hijo a la muerte en el abandono para rescatarnos a nosotros pecadores.

Estas expresiones divinas de amor infinito son las que nos hacen confiar en ese amor, pues nos lo han demostrado.

La muerte de Jesús, al testimoniar su amor, causa nuestro amor.

Su resurrección causa nuestra alegría.

Jesús es Dios y murió por nosotros y así nos mereció la misericordia infinita de Dios para perdonarnos todo siempre y concedernos el gozo eterno del cielo, es decir, gozar para siempre del mismo Dios, y salvarnos del infierno, que es la privación eterna de Dios, cuya posesión y gozo es lo único que nos puede satisfacer, como experimentaremos eternamente después de esta vida; tras la cual, también la privación de Dios se experimenta como totalmente insoportable en cada instante de la eternidad, en el eterno instante. De esto es de lo que Jesús con su muerte nos ha salvado si, por obra de su gracia, queremos. Y con su resurrección lo hemos sabido si, por obra de su gracia, creemos el testimonio que da la Iglesia desde el principio.


Hace años que quieren borrar la muerte de Cristo. Hasta hablan de la Resurrección para eclipsar la muerte redentora de Jesús por nosotros. Cuando en realidad Jesús resucitado se presenta con sus llagas. El ángel le llama el Resucitado. Jesús mismo muestra las llagas de su crucifixión y de su Pasión. A santo Tomás le dice: trae tus dedos, mételos en los agujeros de mis manos. Trae tu mano, métela en mi costado. La Resurreción no borra la Pasión y muerte de Jesús. El sacrificio de Jesús es definitivo. Se reproduce cada día en las misas de todo el mundo del uno al otro confín. Jesús resucita por nosotros, para nosotros, para hacernos un favor más. Resucita con las heridas mortales mediante las que nos salvó. Ambas cosas son imborrables. Su muerte en sacrificio y nuestra redención.

Si se subraya tanto que Jesús resucitó, se está testimoniando que primero murió. No se puede obviar la muerte de Jesús. Hay que agradecérselo siempre y en todo momento.

Jesús resucitó para nosotros, porque primero murió por nosotros. Y resucitado, tiene en su cuerpo glorioso las heridas de los clavos; y de la lanzada en el Corazón.

Nosotros tenemos fe por el testimonio de su resurreción, porque Jesús con su muerte nos ganó la gracia de esa fe y todas las gracias. Sin la gracia no podemos tener fe, no podemos creer en la resurreción de Jesús por mucho que nos lo testimonien. Y no podemos tener fe sin la muerte de Jesús, y si rechazamos esa fe cuando Dios nos la da por los méritos de Cristo, que nos ganó esa fe en la cruz.

Lo que se celebra en la misa, por mandato de Jesús, es el sacrificio de su pasión y su muerte en el Calvario. La entrega de su cuerpo a la tortura y a la muerte y de su sangre a ser derramada, como dijo en la última Cena al instituir la Eucaristía, y vuelve a decir por boca del sacerdote celebrante en la consagración de la misa.

San Pablo nos trasmite la palabra de Dios de que al evangelizar no quería saber nada más que a Jesucristo crucificado. Y como es palabra de Dios, es para que nosotros hagamos lo mismo en la nueva evangelización.

"Yo, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui con el prestigio de la palabra o de la sabiduría a anunciaros el misterio de Dios, pues no quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado.
(1 Cor 2,1-2)

Para incensar el cirio pascual, no se debe pasar de largo ante el crucifijo y el sagrario. El cirio representa simbólicamente a Jesucristo resucitado. El crucifijo es la imagen de Jesucristo crucificado, muriendo antes de resucitar. En el sagrario está la realidad de Jesucristo, la realidad de su cuerpo resucitado con las heridas de la crucifixión y de la lanzada y la realidad de su sangre derramada hasta la última gota al morir, antes de resucitar. La realidad, mucho más que el símbolo y que la imagen.

La realidad es el cuerpo de Cristo (Col 2,17).

La acción redentora de Cristo, acaecida una vez para siempre en la Cruz, y sacramentalmente siempre presente y operante en la Iglesia, sana precisamente esa herida del sujeto en la que se origina la devastación de lo humano. Y la Iglesia existe para esto: para hacer presente, aquí y ahora, la acción redentora de Cristo.

«Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos» [2 Tim 2, 8], escribe Pablo a su discípulo Timoteo.

¡Ay, si la memoria de la Iglesia tiene otros contenidos!


(Cardenal Carlo Cafarra, texto de su conferencia "La devastación de lo humano", preparada para el 10.09.2017, y leída ese día como testamento espiritual, tras su muerte el 6.09.2017.
http://infocatolica.com/?t=opinion&cod=30409 )


Jesús tenía presente que venía a padecer y morir por nosotros. Ya desde el primer instante de la Encarnación es obediente hasta la muerte de cruz:

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios, entonces yo digo: «Aquí estoy -como está escrito en mi libro- para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas» (Sal 39,7-8).

Al entrar en este mundo, dice: «Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo -pues de mí está escrito en el rollo del libro- a hacer, oh Dios, tu voluntad!». Dice primero: «Sacrificios y oblaciones y holocaustos y sacrificios por el pecado no los quisiste ni te agradaron» -cosas todas ofrecidas conforme a la Ley-. «Entonces, -añade- he aquí que vengo a hacer tu voluntad». Abroga lo primero para establecer lo segundo (Heb 10,5-9).

Y desde que se autorrevela en las bodas de Caná ya está claro que o creerán en Él o querrán matarle. Tendrá que andar huido y escondido hasta que llegue la hora de la pasión. Más de una vez se tendrá que escapar de las manos de los que ya querían matarle.

Y en la transfiguración nos da a conocer que de eso tan asombroso, de su muerte, era de lo que se hablaba en el cielo:

Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén (Lc 9,29-31).

Varias veces preanunció Jesús a los apóstoles que Él iba a padecer la muerte a manos de sus perseguidores. Y el evangelio reitera que los apóstoles no lo entendían. No les cabía en la cabeza. Y san Pedro trató incluso de convencerle a Jesús que evitara esa muerte.

La respuesta de Jesús fue decirle a san Pedro y a nosotros que eso de obviar u omitir su muerte era de Satanás.

Jesús le llama Satanás a quien omite su muerte.

Jesús nos salvó con su muerte y hace que lo sepamos con fe por su resurreción y así podamos beneficiarnos de la salvación que nos ganó en la cruz.

Gracias Señor Jesús por tu resurrección.

Gracias amor Jesús por tu muerte.


Vosotros, en otro tiempo, estabais también alejados y erais enemigos por vuestros pensamientos y malas acciones; ahora, en cambio, por la muerte que Cristo sufrió en su cuerpo de carne, Dios os ha reconciliado para ser admitidos a su presencia santos, sin mancha y sin reproche, a condición de que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza del Evangelio que habéis escuchado: el mismo que se proclama en la creación entera bajo el cielo, del que yo, Pablo, he llegado a ser servidor. (Col 1,21-23)


Fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación (Ap 5,9)