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Santo Tomás de Aquino.....El neotomismo italiano en la restauración escolástica...La síntesis filosófica de santo Tomás de Aquino [y 27 tesis tomistas suplementarias] ...Las veinticuatro tesis y la síntesis tomista
Algunas tesis características de la síntesis filosófica de Santo Tomás [81 tesis tomistas propuestas por Canals en 2003 en RIIAL, incluyendo las 24 de 1914 y las 27 de 2001]

Sobre la recomendación de la doctrina de santo Tomás

Francisco Canals

Véase la primeraversión en Cristiandad, núm. 239 (1.III.1954), pp. 69-76.

Desde el principio de su pontificado había recomendado insistentemente León XIII la vuelta a santo Tomás como el camino para la restauración de la filosofía cristiana. Su sucesor Pío X había continuado con mayor energía, si cabe, en la misma línea de conducta. Entre las normas establecidas en el motu proprio Sacrorum antistitum (1 de septiembre de 1910) para rechazar el peligro del modernismo, se ordenaba «que la filosofía escolástica fuera puesta como el fundamento de los estudios sagrados»; y declaraba como punto capital que se entendiera que esto se refería, principalmente, a la enseñada por santo Tomás de Aquino. Algunos años más tarde el motu proprio Doctoris Angelici (29 de junio de 1914) añadía sobre esta cuestión las siguientes precisiones que expresaremos con citas literales del documento mismo:

1. «Habiendo Nos dicho… que la filosofía de santo Tomás había de seguirse principalmente, y no habiendo escrito la palabra únicamente, han creído algunos que se conformaban con Nuestra voluntad, o que no se oponían a ella si en las materias enseñadas en filosofía por cualquiera de los doctores escolásticos, aunque estas enseñanzas se opusieran a los principios de santo Tomás, optaban indistintamente por ellas. Mas, grandemente les ha engañado su parecer».

2. «Es evidente que al proponer a santo Tomás como principal guía de la filosofía escolástica, Nos queríamos entender esto, sobre todo, de los principios del Santo sobre los que descansa como en sus fundamentos su filosofía».

3. «En estos principios de santo Tomás (los que son como el fundamento de su filosofía) no se contiene, si los consideramos en su conjunto y universalmente, otra cosa sino lo que los más excelentes filósofos y los principales Doctores de la Iglesia, hallaron sobre la noción adecuada del conocimiento humano, sobre la naturaleza de Dios y de los seres creados, sobre el orden moral, y la consecución del último fin».

4. «Lo que en la filosofía de santo Tomás es capital no debe ser tenido en el género de las opiniones sobre las que es lícito disputar en sentidos contrarios, sino que debe ser considerado como los fundamentos en que se apoya toda la ciencia de las cosas naturales y divinas».

5. «Así pues, todos cuantos se dedican al estudio de la filosofía y de la teología quisimos que estuviesen advertidos de que se exponen a un grave detrimento, si se apartan un paso de santo Tomás, sobre todo en cuestiones metafísicas. Y ahora además declaramos esto: que no sólo no siguen a santo Tomás, si no que se apartan muy lejos de él los que interpretan perversamente, o desprecian absolutamente aquellos puntos que en su filosofía son principios y proposiciones mayores».

Consultada poco después la Sagrada Congregación de Estudios a propósito de una serie de veinticuatro proposiciones (características y diferenciales en su conjunto del sistema escolástico llamado «tomista») sobre si en ellas se expresaban principios y proposiciones mayores de la doctrina filosófica de santo Tomás, respondió el 27 de julio del mismo año, con la aprobación, y por mandato de Pío X que en ella se contenía claramente tales principios y tesis. Dos años después se consultaba de nuevo a la Sagrada Congregación. La pregunta se refería a dos puntos distintos: a) Si todas aquellas veinticuatro proposiciones expresaban doctrina auténtica de santo Tomás; b) Si, en caso afirmativo, se debían imponer en las escuelas católicas como doctrina obligatoria.

La respuesta a la primera de estas preguntas reafirmaba la autenticidad tomista de todas las veinticuatro proposiciones. En cuanto a la segunda cuestión, la respuesta no hablaba de ningún modo de una imposición, sino del deber de proponerlas «como seguras normas directivas». Teniendo en cuenta estos datos, resultan desde luego claros dos puntos:

1. La respuesta de la Sagrada Congregación de Estudios del 7 de marzo de 1916, y la ulterior declaración de Pío XI afirmando expresamente la vigencia en las escuelas católicas de la libertad de discusión con respecto a «las doctrinas controvertidas entre autores de la mejor reputación» muestran claramente que no es posible considerar las «veinticuatro tesis» como expresión de aquel conjunto de principios en los que descansa toda la filosofía de santo Tomás como en sus fundamentos; aquellos principios capitales que no pueden ser objeto de libre discusión por constituir el fundamento de toda la ciencia de las cosas naturales y divinas. Aunque se les reconozca una gran importancia en la sistematización de la síntesis metafísica del Angélico, está fuera de duda que la Iglesia no las considera, por lo menos hasta ahora, como puntos en que necesariamente deban convenir todos los sistemas filosóficos permitidos por la Iglesia.

2. Es también claro que la Iglesia no ha cesado de insistir desde entonces en la recomendación de la doctrina del Doctor Angélico. Incluso hay que reconocer que ni se ha negado la autenticidad tomista de las veinticuatro tesis, ni se ha retirado tampoco la declaración del deber de proponerlas en las escuelas católicas «veluti tutae normae directivae».

Recogidos los datos, podremos ya plantear el problema en términos precisos. Por conveniencia dialéctica exponemos, pues, dos posiciones extremistas, sin pretender acusar a nadie de haberlas realmente sostenido.

Desde uno de los extremos podría creerse que la recomendación principal de la doctrina de santo Tomás (ya se entiende que en este extremo no se duda de ningún modo de que esté perfectamente caracterizada por el conjunto de las «veinticuatro tesis») hace que los demás sistemas escolásticos deban ser considerados a lo más como tolerados en la Iglesia (por lo menos en cuanto se oponen a aquella doctrina). De ningún modo se podría afirmar que se les tenga como doctrinas aprobadas y seguras por parte del magisterio eclesiástico. Una libertad positiva se reconoce y sanciona solamente en las cuestiones discutidas entre los discípulos de santo Tomás.

Por otra parte y desde una posición opuesta, el hecho de haber proclamado la Iglesia la libertad de discusión entre las escuelas católicas en puntos controvertidos implica una equiparación de todos los sistemas escolásticos que coinciden en aquel patrimonio común de verdades ciertas, necesarias para la salvaguarda y defensa de la fe. La recomendación de santo Tomás se entiende precisamente en lo que se refiere a tales puntos y de tal manera que el sistema «tomista», aunque pudiese probar ciertamente la autenticidad de su doctrina y su fidelidad estricta al pensamiento del Angélico, no podría pretender gozar de una preferente estima y recomendación por parte del magisterio eclesiástico. (…)

El conjunto de principios no meramente recomendados sino absolutamente necesarios para todo filósofo que piense rectamente, son caracterizados en la Humani generis como «los principios y afirmaciones capitales» de aquella filosofía «reconocida y recibida en la Iglesia, es decir, de la escolástica», y en el citado documento de Pío X se los caracteriza como los «principios fundamentales de la doctrina metafísica de santo Tomás».

La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, sabe dónde se encuentra la verdad, donde se hallan tales principios mantenidos en toda su pureza y desarrollados con seguridad. Toda filosofía permitida por la Iglesia deberá coincidir y convenir en «aquellos principios y afirmaciones centrales de la filosofía escolástica». (…)

La escolástica no debe ser considerada como una determinada filosofía, distinta esencialmente de otras igualmente verdaderas y conciliables con la fe, diferenciada, tal vez, de ellas por haber vivido durante siglos «esclavizada a la teología». Es la filosofía elaborada sobre los principios ciertos de la razón humana heredados de la filosofía antigua, y con la sumisión debida a la verdad revelada, «que durante siglos ha brillado como una estrella por medio de la Iglesia». El acuerdo con la fe ha garantizado la seguridad en su ingente progreso y por lo mismo, en cuanto filosofía verdadera, ha garantizado su aptitud para una correcta elaboración teológica. Para refutar la antigua leyenda de la falta de carácter «racional» de la filosofía escolástica, bastaría recordar que, por el contrario, la teología enseñada en las escuelas católicas, si tiene sus principios en las verdades reveladas, debe su sistematización científica y racional a haberse servido instrumentalmente de esta filosofía fundada en los principios ciertos de la razón.

Sólo estos principios son de suyo absolutamente necesarios, y es evidentemente en razón de los mismos que la Iglesia muestra tan especial estima por la filosofía escolástica. Es cierto, por otra parte, que «en esta filosofía se exponen muchas cosas en las que ni directa ni indirectamente se roza la fe o las costumbres y que por lo mismo deja la Iglesia a la libre disputa de los doctos». Supuesto, pues, que sólo en las verdades conexas necesariamente con la doctrina católica se exige el acuerdo de los filósofos cristianos, ¿será lícito desatender a la tradición de la filosofía «recibida y reconocida en la Iglesia» y con pretexto de libertad alejarse de la escolástica y construir al margen de la misma?

Según esto, es claro que toda filosofía que salve substancialmente aquellos «principios y asertos capitales» de la filosofía escolástica es de suyo permitida por la Iglesia. Sólo la Iglesia es la puerta de salvación y no las tradiciones filosóficas elaboradas por la inteligencia humana y de carácter probable. Sin embargo, hay que reconocer claramente que la actitud de aquel filósofo que despreciara voluntariamente en su investigación el secular trabajo de pensamiento realizado en la Iglesia y con la vigilancia de su magisterio, que ha apartado de él los errores, sería ciertamente imprudente. Su sistema no podría ser considerado de suyo como positivamente aprobado de un modo «público» en la Iglesia.

En cuanto a la actitud antiescolástica, por otra parte, parece claro debe ser considerada como opuesta al sentir de la Iglesia, que ha declarado repetidamente su estima por ella y advertido del peligro que se encierra en la actitud de quien descuida o desprecia un tesoro de verdad «a cuya edificación a lo largo de los siglos, y suscitada por la Providencia ha colaborado una serie de ingenios selectísimos».

La recomendación de la doctrina de santo Tomás no puede entenderse en un sentido de tal modo exclusivo que venga a negarse la positiva estima, la garantía de ortodoxia, y la alabanza y recomendación, tributada a otros autores aprobadísimos y de la mejor reputación (notemos, reputación en la Iglesia) que han colaborado a lo largo de los siglos en el grandioso trabajo de la filosofía perenne. ¿Quién podría negar aquella reputación en la Iglesia -para citar un ejemplo eminente- al patriarca de la «escuela franciscana», el Seráfico Doctor san Buenaventura?

Hemos visto antes también el enérgico lenguaje con que Pío X afirmaba el carácter «principal» que debía tener en las escuelas católicas el magisterio de santo Tomás de Aquino. «Entre los Doctores escolásticos descuella sobremanera como Príncipe y Maestro que fue de todos ellos, el Doctor Angélico Tomás de Aquino» decía León XIII en la encíclica Aeterni Patris.

Conviene observar en este punto que no es cierto, como se ha dicho a veces, que en el motu proprio Doctoris Angelici mandara seguir únicamente la filosofía del Aquinate; insistió solamente en afirmar que no podía admitirse la posición de quienes pretendieran invocar indistintamente la autoridad de cualquier Doctor escolástico para afirmar doctrinas opuestas a los principios del Angélico; es decir, opuestas a aquellos principios fundamentales y capitales en los que no cabe discusión y que son como el cimiento de toda ciencia verdadera de las cosas naturales y divinas. Cuál pueda ser el sentido de esta principal recomendación de la doctrina de santo Tomás se puede entender claramente, nos parece, por las palabras de Pío XII pronunciadas en dos solemnes ocasiones.

Hablando el día 17 de septiembre de 1950 al Congreso tomístico internacional organizado en Roma por la Academia Romana de santo Tomás, decía, aludiendo a las directivas dadas en la encíclica Humani generis que acababa entonces de aparecer:

«Ella [aquella encíclica] os muestra un camino seguro para vuestras disputas… bajo la luz de aquel sol radiante de la doctrina de santo Tomás de Aquino… En verdad la filosofía perenne es un trabajo grandioso, a cuya edificación ha colaborado una serie de ingenios selectísimos.

Pero entre todos los cultivadores de la filosofía escolástica se reserva a santo Tomás una palma incomparable. Él ocupa el lugar principal… Con aquella fuerza irresistible que produce la alteza de su inteligencia, llega él a las conclusiones, y con gran equilibrio y seguridad va deduciendo las consecuencias de aquellos principios metafísicos que son patrimonio común de la sabiduría cristiana en todos los tiempos».

Y en el pasaje que nos ocupa del discurso recientemente dirigido a la Pontificia Universidad Gregoriana afirma de nuevo con mayor claridad:

«Este conjunto de conocimientos no ha sido expuesto por ningún otro Doctor de un modo tan lúcido, tan claro y perfecto, ya se atienda a la recíproca concordancia de cada una de las partes, ya a su acuerdo con las verdades de la fe, y a la esplendidísima coherencia que éstas presentan, ni ninguno ha edificado con todos ellos una síntesis tan proporcionada y sólida, como santo Tomás de Aquino.»

Estas palabras encierran una preciosa sugerencia. Parece que de ellas se deduce claramente que si la recomendación de la doctrina de santo Tomás se hace en razón de la voluntad de la Iglesia de salvaguardar perfectamente aquel patrimonio común a la filosofía cristiana, el objeto de la recomendación no es solamente este conjunto de verdades, sino precisamente la doctrina metafísica de santo Tomás, aquella síntesis todavía no superada y, al decir de León XIII, casi insuperable, que perfectamente centrada y fundada en aquellos principios evidentes y necesarios, deduce de ellos con vigorosa fuerza las conclusiones. Esta síntesis doctrinal particular y propia del Angélico, es claro que no será ya obligatoria y necesaria para la salvaguarda de la fe; tendrá, sin embargo, una especialísima utilidad en la que conviene caer en la cuenta.

Y es cierto en este punto que la norma vigente en la Iglesia para valorar la seguridad de la doctrina, es desde hace ya siglos, el comprobar su mayor o menor fidelidad a los principios de santo Tomás de Aquino. Y hasta el punto que el elogio esencial que se tributa a los escolásticos posteriores es siempre el de haber sido excelentísimo discípulo y comentador del Angélico. (…)

La autoridad de la doctrina de santo Tomás es, pues, excepcional y preferente porque así lo ha juzgado el mismo magisterio de la Iglesia, que quiere que en ella formen y por ella se guíen quienes deben consagrarse al estudio de la sagrada teología «para que así según esta doctrina puedan ser examinados y juzgados los diversos sistemas de los filósofos» (constitución Deus scientiarum Dominus).

Se puede comprender así en qué sentido advertía Pío X que el apartarse de santo Tomás en las cuestiones metafísicas no se haría nunca sin grave detrimento. Es claro que lo decía sobre todo por razón de aquellos principios fundamentales y capitales; pero es también claro, supuesta la perfección y coherencia con que la síntesis de santo Tomás se centra sobre ellos, cuán útil podrá ser para esto el tener siempre bien presentes de un modo claro y sin tergiversación aquellas tesis características de la síntesis del Angélico que sin constituir sus fundamentos primeros, sean, sí, las centrales y mayores en la arquitectura de su doctrina. Por esto no mandaba ciertamente seguirlas sino que declaraba con energía que una interpretación capciosa y perversa de las mismas o una actitud de desprecio hacia ellas era incompatible con la fidelidad debida a los principios metafísicos fundamentales de santo Tomás. La conducta de Pío X tendía, pues, a reprimir y desautorizar un «antitomismo escolástico» que pudiera surgir tal vez en las escuelas católicas.

Éste fue el sentido, nos parece, en que se proponían aquellas veinticuatro tesis que, sin ser evidentemente en su conjunto los principios fundamentales y primeros de la filosofía cristiana, debían servir para caracterizar y definir en puntos centrales la síntesis filosófica propia de santo Tomás. Y notemos que, de hecho, no se ha retirado la disposición, dada en el pontificado de Benedicto XV, de proponerlas como normas seguras directivas. (…)

Podríamos ahora añadir una observación que nos parece importante. Hemos supuesto que por la posición extrema favorable a la exclusividad de la recomendación de santo Tomás, se creía tal vez perfectamente caracterizada su doctrina por el conjunto de las veinticuatro tesis, cuya autenticidad no se dudaba tampoco en absoluto. Nosotros estamos también convencidos de esta autenticidad (aunque no atribuimos, claro está, a las declaraciones de la Sagrada Congregación de Estudios otro valor que el de una interpretación auténtica de una norma práctica dada para los estudios eclesiásticos), sin embargo, no creemos que sea de ningún modo despreciar a la Sagrada Congregación, que no redactó las tesis, sino que respondió a una pregunta de quienes las presentaban, el atrevemos a decir que aunque ellas sean por cierto «proposiciones mayores» de la doctrina filosófica de santo Tomás, no parece que pueda decirse que en ellas se expresan de un modo suficientemente comprensivo y sintético «las proposiciones mayores de la síntesis grandiosa y genial de santo Tomás de Aquino». Si tienen una utilidad muy grande en orden a diferenciar el tomismo de otros sistemas escolásticos, tal vez no lo sean bastante para formular el real panorama de la doctrina de santo Tomás, ni para hacer patente su armonía y su sublime profundidad. Debíamos decir esto porque nos parece necesario que sea conocido en los ambientes intelectuales seglares de los que hablábamos al principio y para quienes principalmente escribimos.

Francisco Canals