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El modelo de la vocación apostólica de todo cristiano es la Virgen María más aún que san José

El modelo de la vocación apostólica de todo cristiano es san José después de la Virgen María, dado que las irrelevantes y oscuras actividades que él ejercía alcanzaban de Dios un mérito sobrenatural y un valor de eficacia, dado por Dios, para el apostolado, que era el mayor después del de María; porque el nivel de unión con Dios de san José ha sido el mayor después del de la Virgen Madre de Dios en su vivir y obrar; y san José ha alcanzado de Dios el mayor nivel de gracia después del de su santísima esposa. Lo que todos tenemos que hacer, que es vivir y obrar según Dios y no según uno mismo, hacer la voluntad de Dios en todo, lo tenía recibido misericordiosamente san José con la mayor perfección e intensidad después de la Virgen María. Por eso el corazón de san José es el más inmaculado después del de Ella; sus actividades las realizaba san José con el más puro amor de Dios después de la Virgen María; con la más total unión a Dios después de la Virgen María; según la voluntad de Dios, más que ninguna otra persona humana después de la Virgen María; y por eso san José es la persona humana que ha recibido por misericordia divina el reino de Dios en su alma en todo, ante todo y por encima de todo, en mayor medida después de la Virgen María. San José es la persona humana que ha recibido más gracias, favores, beneficios, dones y privilegios después de la Virgen María. Y recibió de Dios el don de tener como esposa a la mujer de mayor nivel de santidad y de gracias, favores, beneficios, dones y privilegios entre todas las mujeres habidas y por haber. En un verdadero matrimonio, aunque por el cumpliento de la señal del cielo dada al rey Ajaz (Is 7, 14) era un matrimonio virginal, como se ve en el Evangelio, al decirle la Virgen al ángel "No conozco varón" (Lc 1, 34), que es decirle que iba a permanecer virgen, cuando estaba ya desposada con José. Lo que significa que María había recibido el don de un marido que iba al matrimonio a mantener y proteger la virginidad ya profesada por Ella con la profesada por él. Y dice san Juan de Ávila:

Josef fue también virgen limpísimo, para dar a entender que Jesucristo quiere ser tratado de vírgenes.
(San Juan de Ávila: Sermón 74).

Más fue lo que recibió por su matrimonio José, el hombre al que le tocó dos veces el premio mayor y el premio máximo en la lotería de todas las épocas y de todo lugar, en el cielo y en la tierra: tener como esposa a la Virgen María; y tener como hijo a Jesús, el Verbo, el Hijo, hecho carne. La Sagrada Escritura, en varios lugares, le llama a san José padre de Jesús: Lc 2, 27; Lc 2,33; Lc 2,41; Lc 2,43; Lc 2,48.

«¿No es éste el hijo de José?»
(Lc 4,22)

«¿No es éste el hijo del carpintero?»
(Mt 13,55)

"Tenía Jesús, al comenzar, unos treinta años, y era según se creía hijo de José" (Lc 3,23).

Y José era el padre de Jesús ante la ley, ante la sociedad y ante la familia. Como todos los padres. Y también como todos los padres, san José participa de la paternidad verdadera que es la de Dios Padre. Como diferencia de los demás padres, simplemente no era el engendrador biológico, porque Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nació de santa María Virgen.

El ángel, hablándole a san José de parte de Dios le atribuye la prerrogativa paterna de ser el que le pusiese el nombre al Niño:

"Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1,21).

El mismo ángel, también le había dicho de parte de Dios a María que Ella le pusiese el nombre al Niño, lo cual era equiparar la dignidad y la patria potestad de la madre a la del padre, quizá por primera vez:

"Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús" (Lc 1,31).

San Juan de Ávila ya notó que a los dos les dio el ángel el cargo de ponerle el nombre de Jesús al Niño:

Contó el uno al otro el dulce nombre de Jesús que el Ángel les había dicho que pusiesen al Niño después de nacido; y fue muy particular gozo entre ellos de oír nombre tan excelente y consolativo como es Jesús, que quiere decir Salvador, y, como el Ángel dijo, Salvador de pecados.
(San Juan de Ávila: Sermón 75).

En cuanto a la obediencia, marchamo de garantía de lo sobrenatural, se puede admitir que hubo una especie de competición, porque José quería someterse a la Madre de Dios en cuanto supo por el ángel que lo era, pero María quería someterse a José como marido. Y lógicamente, ganó María por ser aún más humilde y estuvo del todo bajo la autoridad de san José. Lo mismo que el propio Jesús, el Verbo hecho carne, estuvo bajo la autoridad de los dos, como dice la Sagrada Escritura:

"Vivía sujeto a ellos" (Lc 2 51)

Y san José asume su responsabilidad de dirigir a la Madre de Dios, reina de Cielo y tierra, y a su divino hijo Jesús, el Verbo hecho carne. Y Estos se dejan dirigir gustosamente y con agradecimiento y confianza. Así lo dispone el Altísimo y por eso el ángel le habla así a José:

«Levántate, toma contigo al Niño y a su Madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle».
Él se levantó, tomó de noche al Niño y a su Madre, y se retiró a Egipto (Mt 2,13-14).

«Levántate, toma contigo al Niño y a su Madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño».
Él se levantó, tomó consigo al Niño y a su Madre, y entró en tierra de Israel. (Mt 2,20-21).

San José fue el que, según prescribía la ley mosaica, les llevó al templo a la purificación de la Madre y a la consagración del Niño. Jamás persona humana ha presentado, ni presentará, mayores ofrendas en templo alguno. Aunque todo sacerdote también presenta y ofrece a Dios Padre, en el pan y en el vino consagrados en la misa, al mismo Jesús, el Verbo hecho carne. Y María se sometió a cumplir la normativa de la purificación legal tras el parto, aun siendo ya antes la Purísima e Inmaculada, y siéndolo más todavía después de haber llevado en su vientre y dado a luz a Jesús, el Verbo hecho carne.

Ella había recibido el don de que su esposo José era descendiente de David y así se transmitía a su hijo Jesús la pertenencia a la casa de David, para cumplir lo anunciado y prometido en las Escrituras anteriores y en la misma anunciación del ángel. Puesto que las mujeres no contaban allí entonces para nada en nada que no fuera lo doméstico, y en esto en plena sumisión. La idea de que la Virgen era descendiente de David, carece de toda referencia en la Biblia, porque además es irrelevante, puesto que la ascendencia venía del padre legal que en este caso era san José, "hijo de David" (Mt 1,20); mientras que la ascendencia materna no contaba para nada. En realidad, por medio de María y de José era el pueblo de Israel el que recibía el don del Mesías prometido en la descendencia de David.

El humilde y oscuro trabajo de carpintero de san José y luego el de Jesús, antes de su vida pública, tenía un valor inmenso para dar eficacia al apostolado por estar unido a Dios, es decir, por estar hecho por voluntad de Dios.

El apostolado es extender el reino de Dios, en unión con el Sagrado Corazón de Jesús, y esto se hace intentando conseguir que Dios, por su misericordia, haga con su gracia, que uno mismo, y otra persona, y otra, y otra, vivan y obren según Dios y no según uno mismo, según sí propio. Y la manera de intentar conseguirlo es pedírselo a Dios y vivir y obrar según la voluntad de Dios, por su gracia misericordiosa, soportando todos los padecimientos que lleve eso y alegrándose de tenerlos y de poder así ofrecerlos y convertirlos en oración. Suplicándole a Dios su gracia, el Espíritu Santo, para que venga el liberador reino de Dios a la propia alma, a las de todos los demás y, sobre esta base, a todas las naciones en todo. Que se haga la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo. Por su misericordia. Que por su misericordioso Corazón venga su reino liberador a todas y cada una de las almas y a todas y cada una de las naciones y seamos liberados de vivir según nuestra voluntad, vivir como si Dios no existiera, liberados de vivir como quiere Satanás. Seamos liberados del imperio de Satanás.

Los puestos a la derecha y a la izquierda de Jesucristo en su reino estaban reservados para la Virgen María y para san José (LEER MÁS)

Jesús les dijo a Santiago y a Juan cuando les prometió la muerte gloriosa del martirio:

«Mi cáliz lo beberéis, pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no es cosa mía concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre» (Mt 20,23).

Evidentemente esos puestos estaban reservados a la Virgen María y a san José.
Así se proclama respecto a María en la definición del dogma de la Asunción:

«Como supremo coronamiento de sus privilegios, fue preservada de la corrupción del sepulcro y, vencida la muerte, como antes por su Hijo, fue elevada en alma y cuerpo a la gloria del cielo, donde resplandece como Reina a la derecha de su Hijo, Rey inmortal de los siglos» (Const. Ap. Munificentissimus Deus, 40).
«Quasi supremam suorum privilegiorum coronam, ut a sepulcri corruptione servaretur immunis, utque, quemadmodum iam Filius suus, devicta morte, corpore et anima ad supernam Caeli gloriam eveheretur, ubi Regina refulgeret ad eiusdem sui Filii dexteram, immortalis saeculorum Regis».

Y a María la acompaña siempre su esposo san José.

A san José le corresponde dar su brazo derecho a su esposa María; y al Niño Jesús cuando Éste está entre ambos, en la tierra como en el cielo.