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Gracia y libertad

Hay que rechazar el semipelagianismo y el semijansenismo. Y no sólo las versiones crasas.

El molinismo es metafísicamente absurdo. Religiosamente...

La predeterminación física es inadmisible.

No se puede pensar ni decir que Dios da a uno una gracia irrompible, por lo cual se salva, y a otro no se la da, y se condena; y atribuir así, sin querer, a una omisión de Dios esa condenación. Y eso, sin más que decir que Dios puede hacer lo que quiera y a nadie le tiene que dar explicaciones, ni justificarse.

No se puede decir que el que rechaza expresamente el molinismo, si no acepta la predeterminación física es molinista, exprese lo que exprese, puesto que al que lo dice no se le ocurre ninguna otra explicación, y, como no se le ocurre, dice que no la hay, y que, por consiguiente, tal doctrina de la predeterminación física es la única alternativa al molinismo. Ni la pseudoargumentación es tomismo de santo Tomás de Aquino, ni el extraño resultado es tomismo de santo Tomás de Aquino.

Como una persona ha de tener naturaleza intelectiva, a Eutiques no se le ocurrió otra explicación de la Encarnación, que la fusión de la naturaleza humana y la divina, y que Jesús tiene una sola naturaleza, la divina. Pero esto fue condenado en Caledonia.

A san José no se le ocurría otra explicación que la que le producía el mayor sufrimiento que ha habido antes de la Pasión de Nuestro Señor y que le llevó a la decisión de repudiar a María.

«Dios por cierto, a no ser que los hombres dejen de corresponder a su gracia, así como principió la obra buena, la llevará a su perfección, pues es el que causa en el hombre la voluntad de hacerla, y la ejecución y perfección de ella» (Trento, ses. VI, cap. 13).

Los pecados se remiten «gratuitamente por la misericordia divina por causa de Jesucristo” (Concilio de Trento, sesión VI, cap. IX) [DS 1533].
"Se dice que somos justificados gratuitamente, porque nada de aquello que precede a la justificación, sea la fe, sean las obras, merece la gracia misma de la justificación» (Ibíd. cap. VIII) [DS 1532].

Can. 23. «De la voluntad de Dios y del hombre. Los hombres hacen su voluntad y no la de Dios, cuando hacen lo que a Dios desagrada; mas cuando hacen lo que quieren para servir a la divina voluntad, aun cuando voluntariamente hagan lo que hacen; la voluntad, sin embargo, es de Aquel por quien se prepara y se manda lo que quieren». (Orange II).

«Es la causa primera que opera en y por las causas segundas: “Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece” (Flp 2, 13; cf 1 Co 12, 6). Esta verdad, lejos de disminuir la dignidad de la criatura, la realza» (Catecismo de la Iglesia de 1992, nº. 308).

Paulo V en 1607 al clausurar la Controversia De Auxiliis:

«Que una y otra parte concuerden en lo capital de la verdad católica, y enseñen que Dios, con la eficacia de su gracia, nos excita a obrar y hace que queramos, y doblega y cambia las voluntades de los hombres, de lo cual se trata en esta causa; discrepen en el modo de explicarlo».

Sobre el resultado auténtico de las disputaciones de auxiliis, Paulo V se expresaba así, en julio de 1611, acerca del sentido del aplazamiento de la resolución:

«Si una y otra parte convienen en lo sustancial con la verdad católica, esto es, que Dios con la eficacia de su gracia nos hace obrar, y hace que los que no querían quieran, y dobla y cambia las voluntades de los hombres... pero son sólo discrepantes en el modo, porque los Dominicos dicen que predetermina nuestra voluntad fisicamente, esto es, real y eficientemente, y los Jesuitas sostienen que lo hace congrua y moralmente...» (DS, 1997).

 

San Roberto Belarmino:

«Algunos opinan que la eficacia de la gracia se constituye por el asentimiento y la cooperación humana, de modo que por su resultado se llama eficaz la gracia, a saber, porque obtiene su efecto, y obtiene su efecto porque la voluntad humana coopera. Esta opinión es absolutamente ajena a la doctrina de san Agustín, y en cuanto a lo que yo juzgo, incluso ajena a la doctrina de las Divinas Escrituras».

Y Benedicto XIV en 1748

"Tú sabes que en las célebres cuestiones sobre la predestinación, la gracia y sobre el modo de conciliar la omnipotencia de Dios con la libertad humana, hay en las escuelas multiplicidad de opiniones. Los tomistas son expuestos como destructores de la libertad humana y como seguidores ya no sólo de Jansenio, sino incluso de Calvino; pero satisfaciendo ellos en primer lugar lo que se les objeta y no habiendo sido nunca reprobada su opinión por la Sede Apostólica, los tomistas pululan en ella sin peligro, y no es lícito a ningún superior eclesiástico, en el presente estado de estas cuestiones, alejarlos de su opinión. Los agustinianos son expuestos como seguidores de Bayo y de Jansenio. Responden ellos que favorecen la libertad humana y rechazan, conforme a sus fuerzas, las cosas que se les oponen; y puesto que hasta ahora su opinión no ha sido condenada por la Santa Sede, no hay nadie que no vea que no puede pretenderse apartarlos de su opinión. Los seguidores de Molina son proscritos de forma semejante como si fueran semipelagianos; hasta ahora los Romanos Pontífices no han deliberado sobre este sistema molinista, por lo cual [los seguidores de Molina] continúan en su defensa y pueden continuar. En una palabra: los obispos y los inquisidores no deben atender a las notas que oponen entre sí quienes combaten, sino que deben atender si acaso las notas que oponen entre sí han sido reprobadas por la Sede Apostólica. Ésta [Sede], que favorece la libertad de las escuelas, hasta ahora no ha reprobado ninguno de los modos propuestos de conciliar la libertad humana con la divina omnipotencia. Por lo tanto, los obispos y los inquisidores, cuando se da la oportunidad, ocúpense del mismo modo, aunque como personas privadas sean seguidores de una opinión más que de otra. Nos mismo, como doctor privado en cuestiones teológicas, favoreceremos una opinión; pero como Sumo Pontífice no reprobamos la opuesta, ni permitimos que sea reprobada por otros..."
Benedicto XIV, Carta al Supremo Inquisidor de España, 1748.

Báñez repitió en muchos textos que él no pretendía haber solucionado el problema de la concordia (pues es algo que nos supera), sino haber evitado explicaciones erróneas. El mismo Bañez explicaba que tampoco Molina tenía la razón de porqué unos se condenaban y otros no, pues en su sistema siempre se le podría objetar que Dios les podría haber puesto, por la ciencia media, en una situación en la que respondieran a la gracia. No se suele subrayar mucho que el mismo Báñez se daba cuenta de que estamos ante un misterio estricto. (Eduardo Vadillo)

https://www.infocatolica.com/blog/mirada.php/2009130511-439-que-tienes-que-no-hayas-r#more40138

«Sé que para solucionar los argumentos de los herejes afirmáis que se
debe recurrir a la infinitud de la ciencia media o condicionada. Nosotros,
en cambio, tenemos un recurso no menos seguro: la infinitud de la divina
omnipotencia. Pues como Dios tiene un modo de existir ilimitado, no
está comprendido en las reglas finitas de las otras causas, ni se ve limitado en su actuar por las causas segundas. Así decimos que Dios mueve suave y fuertemente el libre albedrío para actuar rectamente [...] Confesemos que en cualquiera de las dos explicaciones es incomprensible el modo como el Espíritu Santo es admirable en la santificación de los hombres, pues ambos debemos recurrir a la infinitud para resolver los argumentos de los herejes.
Vosotros recurrís a la infinitud de la ciencia media recientemente inventada que consideráis como la llave de David, que abre ella sola el misterio de la concordia del auxilio divino eficaz con el libre albedrío, hasta el punto, de que si los santos Padres la hubieran conocido, habrían atraído a los pelagianos a su posición, como dice uno de los vuestros en su Concordia y ahora también confiáis en librar a los luteranos de su negación del libre albedrío por este camino. Nosotros rechazamos esta ciencia media tal como la explicáis, pues concede como propio al libre albedrío del hombre, lo que solo compete a Dios, esto es, atribuir la resolución última del buen uso del libre albedrío a su propiedad singular, como a su causa real y física, quedando sólo para Dios la causalidad moral, porque dio al hombre ese auxilio en un tiempo oportuno». D. Báñez, De efficacia praevenientis auxilii gratiae, 16 [V.Beltrán de Heredia (ed.), Domingo Báñez y las controversias sobre la gracia. Textos y documentos, CSIC, Madrid 1968, 627-628].

Garrigou y Bossuet

«El mismo Bossuet dice en uno de los capítulos más bellos de sus Méditations sur l'Evangile (Parte II, Día 72): “El hombre soberbio teme hacer incierta su salvación, como no la tenga en su mano; pero se equivoca. ¿Puedo estar seguro de mí mismo? ¡Dios mío!, veo que mi voluntad falla a cada momento; y si vos me hicierais dueño y señor único de mi suerte, no aceptaría un poder tan peligroso para mi flaqueza. Que no me digan entonces que esta doctrina de gracia y de preferencia trae la desesperación a las almas buenas. ¡Cómo! ¿Se imaginan dejarme más tranquilo entregándome a mis propias fuerzas y a mi inconstancia? No, Dios mío, no puedo consentirlo. No puedo encontrar seguridad sino en el abandono en vuestras manos. Y tanta más seguridad tengo, cuanto que aquellos a quienes concedéis la confianza de entregarse enteramente a Vos, en ese dulce instinto reciben la mejor señal de vuestra bondad que puede darse en la tierra”. “Confitemini Domino, quoniam bonus...” (Ps. 117)». (Garrigou-Lagrange, Réginald, La Providencia y la confianza en Dios, DDB, Buenos Aires, 1945, p. 309).

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«Respondemos que una cosa es solucionar los argumentos, y otra cosa
es mostrar de manera evidente nuestra conclusión acerca de la concordia. Lo primero lo prometimos y lo hacemos, porque como dice Cayetano, quien soluciona los argumentos de manera probable, los soluciona evidentemente, pues si el argumento convenciera con evidencia, ni siquiera se podría resolver de modo probable [...] Respecto a lo segundo, esto es, demostrar evidentemente cómo sucede esta concordia, ni lo pretendemos ni podemos, sino que con san Agustín y otros santos Padres, confesamos nuestra ignorancia». [D. Bañez, De vera et legitima concordia, III,8 en D. Báñez (ed. V. Beltrán de Heredia), Comentarios inéditos a la prima secundae de santo Tomás, CSIC-San Esteban, Salamanca 1948, 416-417].

Santo Tomás es superior a sus comentadores
(Santiago Ramírez)

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Las pruebas que da el P. Garrigou-Lagrange parecen muy convincentes, (en "La predestinación de los santos y la gracia", parte III, caps. 4 y 5, pp. 299 y ss.): no sólo por las referencias explícitas que hace a textos del Angélico, sino también en cuanto explica dichas doctrinas y las deriva del gran principio tomista de que “nadie es mejor que otro si no es más amado por Dios” (I, q. 20, a. 3), que él llama “principio de predilección”, y en el cual sostiene que se contiene, pienso que con fundamentación sólida, todo el tratado de la gracia y de la predestinación, que incluye, a nuestro entender, tales doctrinas de la premoción física o predeterminación física no-necesitante. Asimismo son planteadas como única alternativa al molinismo y su concepción sui generis del libre albedrío, que viene a atentar, por tanto, contra dicho principio.

Pero

«Dios por cierto, a no ser que los hombres dejen de corresponder a su gracia, así como principió la obra buena, la llevará a su perfección, pues es el que causa en el hombre la voluntad de hacerla, y la ejecución y perfección de ella».
(Trento, ses. VI, cap. 13, ).

El Concilio II de Orange es el concilium arausicanum, uno designado en español y otro en latín, Fue una pequeña reunión de 14 obispos en el 529, dirigidos por san Cesareo de Arlés, que con ocasión de la consagración de una basílica recordaron una serie de enseñanzas sobre la gracia, en forma de cánones tomados literalmente de san Agustín, a la que añadieron el texto en el que se excluye, con san Agustín, que exista una predestinación al pecado.

La gracia y la libertad

Canals: La justificación viene de la gracia operante; el mérito, de la gracia cooperante.

Jesús a Gabrielle Bossis el 20 de agosto de 1943: «Yo recojo vuestra fe y la premio con una gracia. Y si tu te entregas a la Gracia, Yo respondo con una gracia aún mayor. Así es como, de peldaño en peldaño, podéis en poco tiempo alcanzar un grado que no sospecháis. Porque mis dones no pueden agotarse y mi alegría es la de comunicarme sin fin».

«Jesús dijo: “al que tiene se le dará más, y se hallará en la abundancia” [Mt 13,12]. Por una gracia fielmente recibida, Él me concedía una multitud de gracias nuevas» (Santa Teresa de Lisieux V,48r-v.).

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Pese al deterioro del pecado original, estamos inclinados al bien por naturaleza y lo queremos, pero obramos mal, como constatan san Pablo y antes el poeta Ovidio (43 aC-17 dC):

«Video meliora proboque, deteriora sequor» (veo lo que es mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor, Ovidio, Metamorfosis VII,20).

«No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero… Es el pecado que habita en mí» (Rm 7,14-25).

Y es que, como enseña san Agustín, para obrar bien, para hacer las cosas como Dios manda:

"Necesitamos el don de su Espíritu para realizar lo que sabemos que debemos hacer" (San Agustín, ML 42,47-48).

Pero generalizadamente no seguimos la inspiración del Espíritu Santo, y el resultado es lo que diagnostica Santo Tomás:

«Sólo en el hombre parece darse el caso de que lo malo sea lo más frecuente (in solum autem hominibus malum videtur esse ut in pluribus); porque si recordamos que el bien del hombre, en cuanto tal, no es el bien del sentido, sino el bien de la razón, hemos de reconocer también que la mayoría de los hombres se guía por los sentidos, y no por la razón» (Santo Tomás: STh I,49, 3 ad5m).

«Los vicios se hallan en la mayor parte de los hombres» (Santo Tomás: I-II,71, 2 præt.3).

Y no seguimos la inspiración del Espíritu Santo, por someternos al mundo, al demonio y a la carne. Pero queda la esperanza en el amor inextinguible de Dios expresado y manifestado en Jesús:

«Vosotros estabais muertos por vuestros delitos y pecados, en los que en otro tiempo habeis vivido, siguiendo el espíritu de este mundo, bajo el príncipe de las potestades aéreas, bajo el espíritu que actúa en los hijos rebeldes; entre los cuales todos nosotros fuimos también contados en otro tiempo, y seguimos los deseos de nuestra carne … Pero Dios, por el gran amor con que nos amó… nos dió vida por Cristo: de gracia habéis sido salvados» (Ef 2,1-10; Concilio de Trento, Dz 1511).

«Dos cosas se requieren de nuestra parte respecto de las verdades que se nos proponen parar creer. Primera, que sean penetradas y captadas por el entendimiento, y es lo que compete al don de entendimiento. Segunda, que el hombre forme sobre ellas un juicio recto, que ordene a la adhesión a las mismas y la repulsa de los errores opuestos. Este juicio corresponde al don de sabiduría cuando se refiere a las cosas divinas; al don de ciencia, si versa sobre las cosas creadas, y al don de consejo, cuando considerasu aplicación a las acciones singulares» (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, q. 17, a. 6; cfr. la q. 9).


Tratado de la gracia y el libre albedrío de san Bernardo

Santo Tomás de Aquino y el magisterio de la Iglesia

Durante siglos los Papas han recomendado atenerse al magisterio de santo Tomás de Aquino. Así lo dispuso también el concilio Vaticano II (OT 16). Y en 1983 el Código de Derecho Canónico ordenó que la teología dogmática, fundada en la Biblia y la Tradición, fuera estudiada «teniendo principalmente como maestro a santo Tomás» (c.252,3). Por eso es llamado el Doctor común, porque extiende su luz a todas las escuelas católicas de pensamiento. La iconografía del Doctor angélico suele poner en su pecho el sol de la Eucaristía, centro de su doctrina y devoción. Canonizado en 1323, fue declarado Doctor de la Iglesia en 1567, y Patrón de las universidades y centros católicos de estudio en 1880.
Como nos recuerda oportunamente el padre Iraburu el 15.03.2010. Y trae estos textos de santo Tomás:

Dice santo Tomás:

«El hombre necesita para vivir rectamente un doble auxilio [de Dios]. Por un lado, un don habitual [la gracia santificante] por el cual la naturaleza caída sea restaurada y, así restaurada [sanada y elevada], sea capaz de hacer obras meritorias de vida eterna, que exceden las posibilidades de la naturaleza. Y por otro lado, necesita el auxilio de la gracia [actual] para ser movida por Dios a obrar… ya que ningún ser creado puede producir cualquier acto a no ser por la virtud de la moción divina» (STh I,109,9). Por tanto, «la acción del Espíritu Santo, mediante la cual nos mueve y protege, no se limita al efecto del don habitual [gracia santificante, virtudes y dones], sino que además nos mueve y protege juntamente con el Padre y el Hijo» (I, 105, 5 ad 2m).

«Dios no nos justifica sin nosotros, porque por el movimiento de la libertad, mientras somos justificados, consentimos en la justicia de Dios. Sin embargo, aquel movimiento no es causa de la gracia, sino su efecto. Y por tanto toda la operación pertenece a la gracia» (I-II,111, 2 ad 2m).

«El libre albedrío es causa de su propio movimiento, pues el hombre se mueve a sí mismo a obrar por su libre albedrío. Ahora bien, la libertad no requiere necesariamente que el sujeto libre sea la primera causa de sí mismo; como tampoco se requiere para que una causa sea causa de otra el que sea su causa primera. Dios es la causa primera que mueve, tanto a la causas naturales [no libres], como a las causas voluntarias [libres]. Y de igual manera que al mover a las causas naturales no impide que sus actos sean naturales, así al mover a la voluntarias tampoco impide que sus acciones sean voluntarias [esto es, libres], sino que más bien hace que lo sean, pues Él obra en cada criatura según su propio modo de ser» (I, 83, 1 ad 3m).

«Algunos, que no entienden cómo Dios puede causar la moción de la voluntad en nosotros sin lesionar la libertad de la voluntad, interpretan mal [estas enseñanzas de la Escritura], entendiendo que Dios causa en nosotros el querer y el obrar en cuanto que causa en nosotros la virtud de querer [virtutem volendi, la voluntad], pero no en cuanto que nos haga querer eso o lo otro… Éstos resisten evidentemente la enseñanza de las Sagradas Escrituras. Isaías dice: “tú obras, Señor, en nosotros todo lo que nosotros hacemos” (26,12). Por tanto, no sólamente tenemos de Dios la virtud de la voluntad, sino también el querer» (CGentes 3,84). «Dios, sin duda, mueve la voluntad inmutablemente, por la eficacia de su fuerza motora; pero por la naturaleza de la voluntad movida, que está abierta a diversas acciones, no le impone una necesidad, sino que permanece libre» (De malo 6 ad 3m).

«Sólo Dios puede mover la voluntad como agente sin violentarla» (CGentes 3,88);

«Sólo Dios puede inclinar la voluntad, cambiándola de esto a lo otro, según su voluntad» (De veritate 22,9).

«Por parte del acto de la voluntad, Dios no ama más unas cosas que otras, porque lo ama todo con un solo y simple acto de voluntad, que no varía jamás. Pero por parte del bien que se quiere para lo amado, en este sentido amamos más a aquel para quien queremos un mayor bien, aunque la intensidad del querer sea la misma… Así pues, es necesario decir que Dios ama a unos cosas más que a otros, porque como su amor es causa de la bondad de los seres, no habría unos mejores que otros si Dios no hubiese querido bienes mayores para los primeros que para los segundos» (STh I, 20, 3).

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«Dos cosas se requieren de nuestra parte respecto de las verdades que se nos proponen parar creer. Primera, que sean penetradas y captadas por el entendimiento, y es lo que compete al don de entendimiento. Segunda, que el hombre forme sobre ellas un juicio recto, que ordene a la adhesión a las mismas y la repulsa de los errores opuestos. Este juicio corresponde al don de sabiduría cuando se refiere a las cosas divinas; al don de ciencia, si versa sobre las cosas creadas, y al don de consejo, cuando considera su aplicación a las acciones singulares» (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, q. 17, a. 6; cfr. la q. 9).

«Todo cuanto hay de ser y de acción en la obra mala se reduce a Dios como a su causa; más lo que hay en ella de defectuoso no es causado por Dios, sino por la causa segunda defectuosa».
(SANTO TOMÁS, Summa Theologiae, I, q. 49, a. 2, ad 2).

«Está al alcance del libre albedrío el impedir o no impedir la recepción de la gracia» (SANTO TOMÁS, Suma contra loa gentiles, III, c. 159).

«En la criatura intelectual hay dos propiedades o modos: a) su libertad; b) su defectibilidad. La primera es una perfección; la segunda, una imperfección, Cuando Dios mueve a la criatura racional guarda siempre el primer modo, moviéndola libremente, pues eso es perfección, y la moción divina no destruye ni disminuye, sino que conserva y aumenta todo lo que es perfección en la criatura. Pero respecto al segundo modo, esto es, a la defectibilidad, que es imperfección, no siempre se acomoda Dios a ella, sino que frecuentemente, por su liberalidad y misericordia, obra contra ella y sobre ella, como sucede en toda providencia especial» (FRANCISCO MARÍN-SOLA, Respuesta a algunas objeciones acerca del sistema tomista sobre la moción divina, en «La Ciencia Tomista» (Salamanca), 97 (1926), pp., 23-24).

«La premoción divina de la providencia natural general nunca falta para acto alguno proporcionado a la naturaleza a no ser que la criatura misma ponga impedimento a esa noción» (Francisco Marín-Sola, Nuevas observaciones acerca del sistema tomista sobre la moción divina, en «La Ciencia Tomista» (Salamanca), 99 (1926), pp. 321-397, p. 372).

Cuando los tomistas dicen que toda gracia es irresistible: «Se fijan mucho en el principio fundamental de Santo Tomás, de que la voluntad de Dios, por ser omnipotente, es eficacísima, y no se fijan tanto en el otro principio, no menos fundamental, de que Dios, siendo libre, no mueve siempre según toda la eficacia de su virtud, sino más o menos eficazmente, según le plazca». (FRANCISCO MARÍN-SOLA, Respuesta a algunas objeciones acerca del sistema tomista sobre la moción divina, en «La Ciencia Tomista», en La Ciencia Tomista (Salamanca), 97 (1926), pp. 5-74, p. 23).

«Tales mociones de la providencia  general no se extienden sino a los actos imperfectos, exigiéndose providencia especial y moción especial para los actos perfectos». (Francisco Marín-Sola, Nuevas observaciones acerca del sistema tomista sobre la moción divina, en «La Ciencia Tomista» (Salamanca), 99 (1926), p. 375).

«A esa concordia le hemos llamado Concordia tomista, porque tenemos el más decidido propósito de no apartarnos en nada, ni substancial ni accidental, de lo que nosotros creemos ser la verdaderamente de Santo Tomás. Eso no quitará el que, en cosas secundarias, nos apartamos algunas veces no de Santo Tomás, sino de ciertas opiniones que han sido sostenidas por gran número de tomistas, pero, que, por no tener conexión necesaria con los principios del Santo Doctor, las consideramos como accidentales para el tomismo» (F. MARÍN-SOLA, Introducción del manuscrito Concordia tomista entre la moción divina y libertad creada, 4 vols., que terminó en Manila, todavía pendiente de publicación. Una copia mecanografiada de la obra estaba en España, en poder del filósofo y teólogo dominico Fr. Quintín Turiel (1933-2005).p.1).

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La caridad ordena los actos de todas las virtudes al bien divino y la justicia legal ordena los actos de todas las virtudes al bien común

S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II q. 58 a. 6 co. “Decimos que la justicia legal es una virtud general, es decir, en cuanto ordena los actos de las otras virtudes a su fin, lo que es mover por imperio todas las otras virtudes. Pues, como la caridad puede ser llamada virtud general, en cuanto ordena los actos de todas las virtudes al bien divino, así también la justicia legal, en cuanto ordena los actos de todas las virtudes al bien común”.

"La historia demuestra con gran claridad que las mayorías pueden equivocarse. La verdadera racionalidad no queda garantizada por el consenso"
(
Benedicto XVI, 5 de octubre de 2007--------------LEER MÁS )
"Los principios morales, no dependen, del voto de las mayorías. Lo que está mal, está mal, aunque todos estén errados. Lo que es correcto, es correcto, aún cuando nadie esté del lado correcto" (Obispo Fulton Sheen)

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Caminos

"Rectos son los caminos del Señor: los justos andan por ellos, los pecadores tropiezan en ellos" (Os 14,10).

"El Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal" (Sal 1,6).

«No te tuerzas ni a derecha ni a izquierda, aparta tu pie de la maldad» (Pr 4, 27).

En la Biblia de los LXX y en la Vulgata se añaden dos versículos:

«No te desvíes ni hacia la derecha ni hacia la izquierda, y aparta tu pie de la mala senda. Porque el Señor conoce los caminos que hay a la derecha, pero los que están hacia la izquierda son torcidos. El hará rectas tus sendas Y hará seguir en paz tus caminos» (Pr 4,26-27, Versión de los LXX).

«Ne declines ad dexteram neque ad sinistram; avertem pedem tuum a malo: vias enim quae ad dextris sunt novit Dominus: perversae vero sunt quae a sinistris sunt. Ipse autem rectos faciet cursus tuos, itinera autem tua in pace producet» (Pr 4,27. Vulgata Clementina).

Traducción propia:

«No te desvíes ni a la diestra ni a la siniestra; aparta tu pie del mal; porque los caminos que están a la derecha el Señor los conoce, y los que están a la siniestra son perversos. Mas Él hará correcta tu ruta, y que tengas buen viaje».  (Pr 4,27. Vulgata Clementina).

San Agustín explica estos versículos así:

"Hemos de entender que se desvía hacia la derecha quien quiere asignarse a sí mismo, y no a Dios, las mismas obras buenas que pertenecen a los caminos que hay a la derecha".
"Por eso… añadió a continuación: «El hará rectas tus sendas y hará seguir en paz tus caminos».
"Cuando te manda: «Haz rectos los senderos para tus pies y dirige tus caminos»entiéndelo de modo que sepas que, cuando así lo haces, Dios te otorga el que lo hagas. Así no te desviarás a la derecha, aunque vayas por los caminos que hay a la derecha, porque no confiarás en tu virtud, y tu virtud será justamente aquel que «hará rectas tus sendas y hará seguir en paz tus caminos»".
(San Agustín, Epistulae a los monjes del abad Valentín, 215, 5).

«Pero no conoce el Señor los caminos de la izquierda, los torcidos, esto es, los caminos de los impíos, porque no los hizo Él para el hombre, sino que el hombre se los hizo para sí».
(San Agustín, Epistulae a los monjes del abad Valentín, 215, 6).

«Dicen: “Hagamos el mal para que venga el bien”, ésos se desvían hacia la izquierda».
«No defendáis el libre albedrío de manera que le atribuyáis las buenas obras sin la ayuda de la gracia divina; pero tampoco defendáis la gracia de manera que, como si ya estuvieseis seguros de ella, améis las malas obras. Que la gracia de Dios os libre de tal cosa».
(San Agustín, Epistulae a los monjes del abad Valentín, 215, 8).

«Irse a la derecha es engañarse a sí mismo teniéndose por inmaculado; irse a la izquierda es, con no sé qué perversa y criminal seguridad, entregarse a toda clase de crímenes, como si no hubiera ningún castigo» (San Agustín, De peccatorum meritis  et remissione et de baptismo parvulorum, II, 5, 5.).

«“Los caminos que están a la derecha los conoce el Señor” , pues sólo Él está sin pecado y puede borrar nuestros delitos. “Los caminos de la izquierda son malvados”  y como tales pueden considerarse las codicias pecaminosas».
«A este propósito nos ofrecen una figura del Nuevo Testamento aquellos jóvenes de veinte años de quienes se dice que entraron en la tierra prometida (Num 14, 29 ss.) sin torcerse a la derecha ni a la izquierda (Jos 23, 6)».
«Sin torcerse a la derecha con una soberbia presunción de su propia justicia, ni a la izquierda con una complacencia segura en el pecado, entrará en la tierra de promisión. Allí no imploraremos ya el perdón de los pecados ni temeremos su castigo, porque viviremos libres por la gracia del Redentor, el cual, sin ser esclavo de pecado, redimió a Israel de todas sus iniquidades, ora de las cometidas con la vida propia, ora de las contraídas por el origen».
(San Agustín, De peccatorum meritis et remissione et de baptismo parvulorum, II, 35, 57).

"Ésta fue la orden que di a vuestros padres: «Escuchad mi voz.
Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo; caminad por el camino que os mando, para que os vaya bien».
Pero no escucharon ni prestaron oído, caminaban según sus ideas, según la maldad de su corazón obstinado, me daban la espalda y no la frente" (Jer 7,23-24).

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